|
Plática en la Fundación de la Congregación Mariana
De WikiSchoenstatt
[editar] INTRODUCCIÓN
El período de prefundación del Movimiento se extiende desde el 27 de octubre de 1912 al 18 de octubre de 1914. El hito más importante durante este lapso de tiempo es la fundación de la Congregación Mariana. El “Programa” del 27 de octubre había sido un claro llamado al ideal y a la autoformación. Los jóvenes que se sintieron interiormente tocados por él, inspirados por el Padre, se agruparon voluntariamente en una comunidad cuyo fin era realizar la meta propuesta. En enero de 1913 fundaron un grupo que denominaron “Asociación Misional”.
Los ideales propuestos no permanecieron en la teoría, sino que fructificaron en la vida de los jóvenes. Las inquietudes maduraron y se anunciaba una nueva etapa. Después de un período de acentuación en la formación ética, los estudiantes alcanzaron una mayor valoración y receptibilidad para lo religioso. La persona de María se había adentrado más y más en sus corazones como la gran educadora que los transformaba y conducía hacia Cristo. Era necesario dar forma a esta vida proyectándola en una organización que la asegurara e hiciera fecunda. Una Congregación Mariana.
La fundación de la Congregación Mariana no fue fácil. Estuvo precedida de innumerables dificultades. Los jóvenes que se habían decidido por ella tuvieron que afrontar los prejuicios existentes entre sus compañeros y convencerlos de la conveniencia de transformar la Asociación Misional en una Congregación Mariana. Además, era necesario ganar a los superiores para que la autorizaran. A esto se añadió que e P. Kentenich se enfermó y tuvo que hospitalizarse. Los jóvenes debieron llevar solos a su término los preparativos.
Después de muchas deliberaciones el 21 de mayo se consiguió la aprobación oficial de los estatutos. Y el domingo in albis, día en que regresó el Padre a Schoenstatt, se llevó a cabo la fundación de la Congregación Mariana y la recepción de los 28 primeros miembros. En aquella ocasión pronunció el P. Kentenich la plática que transcribimos a continuación,. Quedaba inaugurada así la última etapa preparatoria para la fundación del Movimiento. De esta pequeña Congregación fundada por un grupo de estudiantes guiados e inspirados por su Director Espiritual surgiría Schoenstatt.
[editar] TEXTO DE LA PLÁTICA [1]
1. Por fin..., por fin hemos llegado a la meta. Lo que anhelamos sincera y ardientemente durante tanto tiempo, aquello por lo cual luchamos con tenacidad bajo el peso del cansancio y el esfuerzo, en este día va a ser feliz realidad.
Hoy se nos otorga la gran alegría de ser admitidos en la Congregación Mariana. Con justo orgullo nos podremos llamar, de ahora en adelante, Congregantes de María. Por esto nos alegramos y nos alegramos de todo corazón; y con mayor razón ya que estamos conscientes de la importancia del paso que vamos a dar. ¡Sabemos lo que queremos! No nos reúne en este santo lugar la intención de erigir un noviciado en nuestra casa. Sería un error. El noviciado y las aspiraciones que lo caracterizan se los dejamos a los novicios. Tampoco orientó nuestros pasos una sumisión propia de caracteres débiles ante el deseo de nuestros superiores. Por propia iniciativa nos encontramos aquí. Nosotros fuimos los que pedimos con insistencia; nunca debemos olvidarlo. Nuestras autoridades dieron el permiso solicitado tan sólo después de haberse convencido de la rectitud de nuestras aspiraciones y de nuestra madurez moral.
2. Sabemos lo que queremos. No nos orientan sentimientos “piadosos” propios del momento y de la irreflexión. Somos suficientemente varoniles, maduros y cuerdos como para ello. Y aún mucho menos fuimos impulsados por ilusos ensueños juveniles o por la charlatanería de una fantasía irreal. Si somos soñadores ilusos, entonces Aquel que tributó mayor devoción a la Sma. Virgen – Cristo – sería también un soñador. Soñadores serían todos los santos, que sobresalieron por un amor filial a la Sma. Virgen. Soñadores serían los grandes hombres de la Iglesia y del Estado, cuyos nombres honraron y honran los libros de la historia de la Congregación. No, no somos soñadores ilusos y no queremos legar a serlo jamás. Sabemos lo que queremos. Con objetividad, nuestra razón trató de captar e fin de la Congregación y su naturaleza, y de medir nuestras fuerzas reflexionando tranquilamente. Y mientras más reflexionábamos, más se nos adentraba la Congregación en el corazón. En ella encontramos un medio excelente para la realización de nuestros ideales juveniles, y para lograr de la manera más perfecta, rápida y segura la meta de nuestra educación. En la Congregación hemos encontrado y encontramos a Jesús y María. “Vidius stelam ejus in Oriente et venimus adorare eum”. Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo. Así se dice de los tres Reyes Magos. También ante nosotros, en la aurora de nuestras vidas, apareció un astro maravilloso de extraordinario resplandor: Jesús y María. “Et venimus adorare”: hemos llegado pasando por alto todas las dificultades. Fue este astro quien nos trajo. Para encontrar a Jesús y María, para encontrarlos sin temor de perderlos, por eso estamos aquí, y por eso exigimos ser aceptados en la Congregación.
3. La Congregación nos da a María. Pero ¿acaso no conocíamos ni amábamos hasta el presente a este ser escogido de género humano? Dios nos hizo nacer de padres católicos. Esto ya es una prueba, una garantía suficiente como para afirmar – aunque no nos acordemos de ello – que María Santísima estuvo presente en el cielo sin nubes de nuestra primera infancia, como un astro querido que daba luz y calor a todo nuestro ser.
“Estuvo junto a mi cuna, y en mi primera peregrinación; y ya en ese entonces sus rasgos me manifestaron la belleza de Dios. Allí aprendí a amar a mi madre y me dí totalmente a Ella como su niño”.
Este amor fue alimentado y cultivado a lo largo de años; en unos más, en otros menos, en la medida en que nuestros padres y el ambiente que nos rodeaba estaban penetrados por el amor a la Sma. Virgen. Entretanto, el niño se transformó en muchacho. Muchas cosas han cambiado en torno a nosotros. El amor maternal de la Sma. Virgen empero nos ha seguido acompañando, aún cuando - ¡quién sabe! – hubiéramos caído en la noche oscura de caminos desviados y pecados graves, por ligereza juvenil o a causa de alguna lamentable seducción. María no es tan sólo la estrella matutina, ni tampoco el majestuoso astro del día, con su luz Ella alumbra también la noche. Es “la luna en la noche silenciosa”: el refugio de los pecadores, la madre de la misericordia. Muchas cosas han cambiado en torno a nosotros, más aún en nosotros: fuertes tormentas han arrancado de nuestro interior aquello que plantaron, cuidaron y cultivaron con esmero padres amantes y profesores abnegados. Cambiaron también nuestros pareceres y principios. Lo que ayer atraía nuestra atención, hoy lo hemos dejado aparte con fría indiferencia, para retomarlo tal vez mañana, con toda nuestra alma. También el amor a María se vio envuelto en este cambio general. Su calor disminuyó visiblemente de modo que hubo épocas en que tuvimos la impresión de no conocerla con el corazón, sino tan sólo con los labios, con palabras. Así y todo jamás se apagó enteramente esa chispa que ya había prendido en nuestro interior. La pertenencia mutua entre María y nosotros y entre nosotros y Ella era demasiado estrecha, y nuestro crecimiento había estado demasiado íntimamente enlazado a Ella, como para que ello fuera posible. Desde el instante en que Cristo en la cruz unió los destinos de su Madre y el joven sacerdote, su discípulo preferido, Juan, existe un vínculo indestructible entre María y los sacerdotes y los que se aprontan para serlo.
4. La Congregación quiere desarrollar esta relación mutua de la manera más ideal y fecunda posible. Ella quiere avivar este fuego latente convirtiéndolo en una llama luminosa, purificadora y y santificante. En una época en que el amor hace palpitar nuestro corazón con una fogosidad desconocida y furiosa, la Congregación entroniza en nuestro corazón a aquella persona humana más digna de ser amada. Así como en el cuadro del altar, la imagen de la Sma. Virgen no es un mero adorno de la Capilla, sino que la domina totalmente, así también no basta que la Sma. Virgen ocupe un lugar sobresaliente en el templo de la Congregación, en el santuario de nuestro corazón. No. Ella debe dominar en él con ilimitado poder. Es así como encontramos a María en la Congregación.
5. Y así tiene que ser. Si algún derecho de existencia tiene la Congregación Mariana, necesariamente debe pertenecer a su esencia más íntima una devoción enteramente especial, una devoción extraordinaria a la Sma. Virgen. Su florecimiento y ruina dependen de ello. Sobre el particular no dejan la menor duda los Documentos Pontificios en el correr de los siglos. Por eso, Benedicto XIV, define la devoción mariana en la Congregación como una perfecta entrega al servicio de la Sma. Virgen que abarca a todo el hombre, con cuerpo y alma. “Vidimus stellam ejus”. Esta es la estrella que hemos visto, éste es el servicio mariano, que es la nota característica de un genuino congregante. “Et venimus adorare”. Nos hemos reunido ahora en este lugar para elegir este servicio como nuestra tarea por una promesa solemne, pública e irrevocable. Los cirios que pronto ofreceremos en el comulgatorio, como símbolo de nuestra consagración a María van a consumirse mientras arden. Así debe consumirse toda nuestra vida futura en todo tiempo, en todo lugar y en toda situación al servicio de nuestra escelsa Señora y Protectora. A Ella le pertenece nuestro cuerpo y nuestra alma, nuestra vida y muerte, nuestros trabajos, estudios y oraciones, nuestros sufrimientos y luchas. La oración de la Congregación que rezamos de mañana y al atardecer: “Oh Señora mía...” debe recordarnos una y otra vez nuestra promesa solemne e irrevocable; debe impulsarnos a expresar esta promesa con energía y tenacidad en la vida, a convertirla en obras.
6. Nos aproximamos, sin duda, a un momento sumamente importante. Mucho es lo que ofrecemos, pero lo hacemos con generosidad y alegría, puesto que sabemos que el espíritu que nos impulsa, es espíritu del espíritu de Nuestro Venerable Fundador [2]. Sin duda que él nos contempla ahora complacido desde el cielo. A su Madonna, a la que él tanto quería, a Ella os consagramos para servirla como sus caballeros. Así como Vicente Pallotti, al servicio y bajo la protección de su Patrona celestial, llegó a ser todo un hombre, un sacerdote santo, un apóstol, de igual modo también nosotros podemos esperar con certeza otro tanto, mientras nos mantengamos fieles a nuestra promesa hasta sus últimas consecuencias.
7. Tal vez a un extraño le parecerá imposible esta fidelidad. De hecho, sin embargo, no es demasiado difícil en la Congregación. Pues, un congregante no puede encerrar en su interior su amor a María y no tiene derecho a contentarse sólo con no impedir la confesión y el ejercicio público que otros hagan de este amor. Por su ingreso a la Congregación está obligado a ser promotor y apóstol de la auténtica devoción a María entre sus compañeros de la Congregación. De esta manera, cada uno gana el apoyo del otro. Cada vez se impregna con mayor profundidad en nuestros corazones y en nuestro espíritu la imagen ideal de María.
En base a esta mutua animación y mutuo apoyo, poco a poco, cobra forma también en nuestra vida cotidiana el ejemplo de sus virtudes. Una virtud, en especial, echa raíces profundas en nuestro corazón: se trata de nuestra virtud de estado, no sólo como sacerdotes, sino también como jóvenes. La encontramos simbolizada en la imagen del altar. Donde María pone su pie, brotan los lirios de la pureza. ¡Con qué abundancia y plenitud se dará esta virtud tan discutida, en el jardín de la Congregación, por el cual María pasea diariamente con tanto agrado!
8. La entrega a María, tarde o temprano, se va a convertir en una verdadera necesidad, en nuestra segunda naturaleza. La congregación cumplió lo que había prometido: en ella hemos encontrado a María par siempre. Encontramos a la Virgen en la Congregación: la encontramos para no perderla jamás.
La persona de María y su servicio, son el fin próximo de la Congregación. En la misma medida en que marchamos hacia esta meta, o en que nos despreocupemos de ella, trabajamos en la construcción y perfeccionamiento o en el aniquilamiento y la destrucción de la congregación. Todas las aspiraciones y corrientes que broten en su seno – pienso particularmente en las diferentes secciones – tienen importancia y validez tan sólo en la medida en que sean fecundadas por el amor a María.
9. El fin último de la Congregación depende asimismo de la recta comprensión y de la realización planificada de esta idea. Pero ¿en qué consiste este fin último?
Si bien es cierto que el cuadro de la Sma. Virgen domina la Capilla, sin embargo, no constituye su centro. Este es única y exclusivamente el tabernáculo y quien lo habita: Cristo Jesús – alabado por toda la eternidad – punto de partida y fin de toda nuestra religión. Por lo tanto la última meta de nuestra Congregación no es María, sino el Redentor. Nos consagramos sin reserva a la Virgen, para que Ella nos conduzca a su Hijo divino, tal como aparece representado aquí en el cuadro donde Ella conduce con su poder lleno de delicadeza al vacilante y temeroso Juan hacia El. Per Mariam ad Jesum! ¡Por María a Jesús! Esto es todo lo que quiere la Congregación, condensado en la fórmula más breve. Así como María nos trajo al Redentor, así también nos lleva hacia Cristo, y no tiene otra preocupación, ninguna preocupación mayor, que la de velar para que nos conservemos en la unión más íntima a El, tal como la vemos aquí, donde su imagen protege con cuidado el tabernáculo. “Qui me invenerit inveniet vitam et hauriet salutem a Domino”. Estas palabras de la Sagrada Escritura las aplica la Iglesia a nuestra Señora y Soberana. “Quien me encuentra, encuentra la vida”, encuentra y conserva la fuente de toda vida, a Cristo Jesús.
10. En efecto ¿podríamos escoger y anhelar un guía mejor que Ella, la Madre de Cristo y su acreditada educadora? María os conduce. Ella no nos lleva en sus brazos. No quiere cultivar un pasivismo flojo. El camino que Ella conoce y que nos señala con su mano es demasiado escarpado y pedregoso como para ello. No, su acción consiste en hacer surgir y conducir a su pleno desarrollo toda la caballerosidad y virilidad que late en nosotros; y cuando nuestras fuerzas, impulsadas por la mejor buena voluntad, de hecho ya no pueden más, sólo entonces nos ayuda a superar las dificultades.
11. El camino es duro y escarpado. Está caracterizado por la divisa que realizó san Juan Bautista: “Christum oportet creceré, me autem minui”, Cristo debe crecer y yo disminuir. Debo disminuir, debo despojarme de todo egoísmo, de todo espíritu materialista y para ello, según las palabras del apóstol debo “Christum induere”, revestirme de Cristo. Es decir, debo, como el mismo apóstol lo dice en otro lugar, “alter Christus fieri”, llegar a ser otro Cristo. Los principios de Cristo deben llegar a ser nuestra más íntima posesión. En una formulación breve, precisa, a modo de un programa, encontramos estos principios como una exhortación permanente en los arcos de la Capilla. Son las ocho bienaventuranzas que se oponen radicalmente a todo lo que el mundo alaba como digno de aspiración, como a mayor felicidad.
12. Pero no basta con que nos penetremos de espíritu de Cristo, como si fuera sólo para nosotros. Aquí, en los vitrales, hallamos simbolizado el espíritu apostólico en hombres que fueron apóstoles. Para llegar a ser “otro Cristo”, debemos procurar unir a una amplia perfección religiosa, un ardiente espíritu apostólico.
Por el hecho de ingresar a la Congregación Mariana nos comprometemos solemne y públicamente, por propia iniciativa, a trabajar por la realización de este ideal, en cuanto depende de nosotros, bajo la protección y con la ayuda de María.
13. Lo dicho nos explica la importancia del día de hoy. La gran solemnidad del rito de incorporación nos recuerda, sin quererlo, la ordenación sacerdotal y la primera comunión, que en este día conmemoramos [3]. Lo que fue la Primera Comunión para nuestra niñez, lo que será la ordenación sacerdotal para nuestros años de hombres adultos, eso es el ingreso en la Congregación para nuestra juventud. En la Primera Comunión recibimos la persona de Cristo, por la ordenación sacerdotal, sus poderes, pero no nos revestimos de su personalidad; ésta debemos adquirirla nosotros mismos durante el lapso de tiempo que resta de los años de nuestra juventud. No vamos a recibirla gratuitamente, sin nuestro esfuerzo. Y con esto, nos comprometemos hoy solemne e irrevocablemente por nuestro ingreso.
14. Per Mariam ad Jesum: a su personalidad, a la más profunda unión a El. Este es el sucinto contenido de nuestra consagración.
¿Sabéis lo que esto significa...? Aquí reside principalísimamente la eficacia de la Congregación en orden a la vida propia de nuestro Colegio. Todos los reglamentos de la casa y todas las disposiciones de nuestros superiores persiguen tan sólo este fin: la formación de nuestra personalidad. Pero esta no puede ser lograda mediante aquella “obediencia de cadáver”, de la cual tanto se hace burla, que se contenta con una obediencia puramente externa, acompañada de resistencia interior. No, nosotros, por nosotros mismos, y por nuestras propias fuerzas debemos llegar, con libertad interior, hasta el espíritu del reglamento. Este y sólo éste es el trabajo ennoblecedor de la personalidad al que está obligado un congregante. De lo cual se desprende: nadie puede ser un buen congregante si no es fiel y concienzudo en el cumplimiento de los estatutos. De lo cual se desprende: toda la Congregación fracasará en el logro de su fin, si no educa a sus miembros en el cumplimiento a conciencia del deber, si no encauza a sus miembros a ver en este cumplimiento del deber una escuela extraordinaria para el carácter y el mejor medio para la realización del sentido apostólico. En esto tenemos un criterio palpable, una norma al alcance fácil de la mano e infalible, de la eficacia y finalidad de la Congregación. Sin duda, queremos justificar la confianza que se ha puesto en nosotros. No queremos privilegios, sino que se exija de nosotros más que hasta el presente, más que a los que no son congregantes.
Si encontramos a Jesús y María de esta manera, hemos alcanzado lo mejor, el fin de nuestra educación. Per Mariam ad Jesum...
15. En la lápida de la tumba del Cardenal-Obispo Pie, en la Iglesia de Notre Dame de Poitiers, se encuentra la inscripción: “Tus sum ego Mater”. ¡Madre, soy tuyo! “Tus sum ego, Mater”, así se había consagrado el Cardenal cuando niño a su madre Celestial. “Tus sum ego, Mater” decía en cada acontecimiento importante de su vida: así lo hizo al iniciar el sacerdocio, así también cuando fue elegido... No emprendió ninguna obra sin encomendársela a su Madre.
16. Tus sum ego, Mater! sobre todo en las dificultades. Ocurrió alrededor del año 1880: la tormenta de la persecución de los cristianos pasaba como un viento huracanado por entre miles de cristianos y arrastró a la muerte a cientos de vuestra edad. En un lugar, huyeron treinta hacia un monte y llevaron consigo una estatua de la Sma. Virgen. Fueron cogidos y quemados vivos. Se agruparon en torno a la querida imagen... imagen de nuestra vida..., y estrechaban cada vez más las filas junto a Ella.
Ella nos conduce a la victoria sobre e demonio, el mundo y la carne. Ella nos hará buenos sacerdotes y apóstoles. Y más tarde cuando estemos maduros para el cielo, cuando nuestra mano sienta el frío de la muerte, Ella, con su mano cálida y maternal, nos va a conducir a través de la angustia de la muerte a la felicidad eterna del cielo, a abrazar gozosamente a su Hijo Divino. “Per Mariam ad Jesum – Tus sum ego...” [4].
- ↑ La plática fue dada en la Capilla del Colegio Pallottino en Schoenstatt. Las alusiones a la imagen de la Virgen se refieren al cuadro que en esa Capilla se venera en el altar mayor, María,Madre de la Pureza. Igual cosa se ha de tener presente cuando el Padre habla de los vitrales o de las columnas.
- ↑ San Vicente Pallotti, canonizado medio siglo más tarde por Juan XXIII, el 20 de enero de 1963
- ↑ La plática tuvo lugar en Quasimodo, día en el cual es común hacer la Primera Comunión en Alemania.
- ↑ La versión que se conserva de los últimos cuatro párrafos – escrita por le mismo Padre Fundador – es una versión fiel de lo dicho en esa oportunidad, si bien no es completa.
[editar] Fuentes
Tomado de Centro Documentación Rama de Madres